‘La desaparición de Stephanie Mailer’, la promesa rota de Joël Dicker

El mes de julio de 1994 llega a su fin cuando la pequeña ciudad de Orphea, Nueva York, se ve golpeada por una terrible tragedia durante la celebración de la primera edición de su festival de teatro: un cuádruple asesinato cuyas víctimas son el alcalde de la ciudad, su esposa, su hijo y una vecina que hacía footing cerca del lugar de los hechos. La investigación se confió a los jóvenes detectives Jesse Rosenberg y Derek Scott, unos debutantes en estas lides que tras una compleja investigación detienen al que las pruebas señalaban sin dudas como culpable. Veinte años después, a poco más de un mes de la inauguración de la vigésimo primera edición del festival veraniego de teatro, la ambiciosa periodista Stephanie Mailer desvela a Jesse Rosenberg, pocos días antes de su jubilación, que detuvieron al tipo erróneo. Esa misma noche Stephanie Mailer desaparece misteriosamente, lo que provoca que se reabra una investigación tan intensa como dolorosa para los que la llevaron a cabo veinte años atrás.

Hasta aquí todo bien. La historia de La desaparición de Stephanie Mailer parece lo suficientemente interesante y atractiva como para sumergirse en sus más de 600 páginas; además, Joël Dicker (Ginebra, 1985) se ha convertido en los últimos años casi en una referencia del thriller actual desde los éxitos de La verdad sobre el caso Harry Québert (Premio Goncourt Joven en 2012) y El libro de los Baltimore, así que ¿qué podría salir mal con esta su cuarta novela? Bueno, pues casi todo.

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En La desaparición de Stephanie Mailer Dicker reutiliza la fórmula que le sirvió para triunfar con sus novelas anteriores (flashbacks constantes, narración en épocas diferentes, numerosos personajes secundarios con historias propias y abundancia de giros argumentales aparentemente inesperados) pero esta vez el resultado se antoja bastante decepcionante. A pesar de que en un principio la narración pueda enganchar, con el paso del primer centenar de páginas se hace pesada, espesa, demasiado arquetípica y estereotipada, fácil y atestada de clichés tan manidos como ineficaces en su ejecución: el detective estrella atormentado por su pasado y enfrentado a los policías pueblerinos, los problemas machistas que sufre la aspirante a jefa de policía, políticos demasiado modélicos o demasiado corruptos o personajes que pasan de ser inocentes a guardar una buena ración de esqueletos en sus armarios. El resultado es, a falta de una mejor descripción, ramplón por el estilo narrativo demasiado simple y superficial que Dicker abraza.

Pero lo peor de todo quizás se pueda resumir en tres apartados: los casi innumerables personajes y tramas secundarias que llenan decenas de páginas sin llegar a aportar nada significativo a la historia y que distraen de la trama supuestamente principal, los excesivos y engañosos subrayados sobre detalles irrelevantes o directamente inverosímiles que dirigen al lector con torpeza hacia callejones sin salida y la miríada de giros argumentales que, lejos de sorprender, lo que logran es agotar y permitir a Dicker ganar más espacio para intentar, con poco éxito, avanzar en la narración con cierto y forzado suspense hasta llegar a un desenlace pobre y repentino; al final lo que se transmite es que el autor se está viendo obligado a cerrar la historia acuciado por las prisas provocadas por la fecha de entrega o porque quizás no sabe cómo terminarla.

Toda esta dispersión, por acumulación, conduce al lector a encontrarse con personajes principales trillados, superficiales y con escaso atractivo; tan es así que es complicado sentir simpatía o empatizar con alguno de ellos, con la posible excepción de Anna Kanner, subjefa de policía, o Ron Gulliver, el atribulado jefe de policía de Orphea en las dos épocas del libro. Los diálogos carecen de fuerza y la narración es a ratos torpe, previsible, obvia a pesar de los cambios de dirección y de escasa riqueza; por no mencionar el amor que Dicker parece profesar hacia los adjetivos, algo que sin duda le echaría en cara Stephen King.

En definitiva, con La desaparición de Stephanie Mailer Joël Dicker completa una novela decepcionante, con multitud de momentos incongruentes, una historia principal poco desarrollada a pesar de las muchas páginas que ocupa en el libro, de personajes apenas dibujados con los que es difícil identificarse y con un final escrito con demasiada prisa. Una promesa rota.

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