200 años de Emily Brontë

Por Susana C. Gómez

¿Qué es el hogar? ¿Qué un refugio? ¿Qué es estar en casa? Hay tantas respuestas a estas preguntas como seres humanos en el mundo, o casi. Para unos el refugio perfecto estará en un bosque, una montaña, una playa. Habrá quien diga que el hogar estará donde está la familia, o el ser amado. O que estar en casa no puede significar otra cosa que hallarse en la propia biblioteca, rodeado de libros.

Para Emily Brontë su refugio, su hogar, eran los páramos de Yorkshire, al norte de Inglaterra, una tierra agreste, inhóspita, tan dura como la escritora, que nació en esas tierras hace ahora 200 años y que pasó en ellas buena parte de su vida, hasta que la tuberculosis se la llevó a los 30 años, dejando como legado sus poemas y una novela, Cumbres borrascosas.

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Emily fue la quinta hija del reverendo irlandés Patrick Brontë y Maria Branwell y nació en Thornton (Yorkshire) el 30 de julio de 1818. La pareja tendría en total seis hijos, cinco niñas (Maria, Elizabeth, Charlotte, Emily y Anne, que nacería en 1820) y un niño, Branwell. Tras el nacimiento de Anne los Brontë se mudaron a Haworth, donde Patrick había obtenido una parroquia y donde, poco después de establecerse, Maria Branwell moría de cáncer, dejando huérfanos a los seis niños, Emily con tres años y Anne con unos meses.

Tras enviudar, el reverendo envió a las tres hermanas mayores a un internado que sirvió de inspiración a Charlotte para algunos de los pasajes más duros de Jane Eyre. Emily pasó también por allí, pero solamente unos meses, porque su padre se las llevó de vuelta a ella y Charlotte después de que Maria y Elizabeth murieran de tuberculosis en junio de 1825. Los cuatro hermanos supervivientes (Charlotte, Emily, Anne y Branwell) recibieron a partir de entonces educación en casa, donde se beneficiaron de la biblioteca de su padre y pronto comenzaron a escribir sus propias historias, ambientadas en el imaginario reino africano de Angria. Tiempo después Emily y Anne crearían otro reino, éste en el Pacífico: Gondal. Ambos mundos inspirarían a los cuatro poemas y relatos durante el resto de sus vidas.

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La casa de los Brontë en Haworth, que alberga el museo de la familia.

Emily abandonaría su refugio en Haworth solamente en un par de ocasiones, una de ellas para trabajar como institutriz (en una escuela de Halifax donde las jornadas de 17 horas quebraron su salud y la hicieron abandonar a los pocos meses) y en otras dos acompañando a Charlotte, primero en una escuela de Yorkshire donde trabajaba su hermana (no duró; según contaba Charlotte, su salud empeoraba cada día y su ánimo se hundía por la nostalgia que sentía de su hogar) y después como alumna y luego profesora de un colegio en Bruselas, donde sus superiores destacaban de ella su inteligencia y su maestría al piano y con el francés, pero también que su complicado carácter ahuyentaba a los alumnos. En cualquier caso la aventura belga se prolongó apenas un curso; la enfermedad y muerte de su tía materna, que se había encargado del hogar familiar tras la muerte de su madre, las obligó a las dos a volver a casa en 1842.

A partir de entonces Emily se dedicó en cuerpo y alma a escribir, principalmente poemas sobre Gondal, revisando lo que había escrito hasta entonces y componiendo nuevos textos. Lo hizo durante unos años en secreto hasta que Charlotte descubrió un cuaderno con sus versos y, tras una acalorada discusión por la violación de su intimidad, consiguió convencerla para publicarlos, junto a los que ella misma y Anne también habían ido componiendo. Así nació el volumen Poemas de Currer, Ellis y Acton Bell (los seudónimos de Charlotte, Emily y Anne, respectivamente), que se publicó en 1846 y del que se vendieron dos ejemplares.

Pese a que recibieron algunas críticas positivas, sobre todo por los poemas firmados por Ellis, las tres hermanas decidieron aparcar los versos y probar con la novela. Emily, de hecho, llevaba ya un tiempo trabajando en Cumbres borrascosas –también Anne en Agnes Grey y Charlotte en Jane Eyre–, que publicó en diciembre de 1847 (en una edición de tres volúmenes –el conocido triple decker–, el tercero de ellos con Agnes Grey) como Ellis Bell.

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Emily no vivió lo suficiente como para ver cómo las iniciales críticas airadas a la novela se iban tornando con los meses en aplausos y reconocimiento. Puede que fuera por el agua contaminada por el subsuelo del cementerio local, por el duro clima que tanto adoraba o porque no pudo recuperarse de la muerte de Branwell, fallecido en septiembre de 1848 de forma repentina (su alcoholismo tuvo mucho que ver). Durante el funeral, Emily cogió un resfriado que derivó en tuberculosis. Rechazó todo tratamiento –no quería cerca ningún “poisoning doctor”– y se fue consumiendo hasta que expiró el 19 de diciembre de 1848. Hay quien dice que trabajaba en una nueva novela o en una edición ampliada de Cumbres borrascosas, pero no trascendió manuscrito alguno.

¿Quién era Emily Brontë?

Dicen, con razón, que la historia la escriben los vencedores. En el caso de Emily Brontë lo hicieron los supervivientes, es decir, Charlotte. De ella proceden los primeros retratos de Emily que se conservan, bosquejados en cartas, diarios y en especial el prefacio y la reseña biográfica que escribió para la segunda edición de Cumbres borrascosas (hizo lo mismo con las novelas de Anne y los poemas escritos por las tres), publicada en 1850 tras una profunda revisión a cargo de la autora de Jane Eyre, que no sólo eliminó errores y simplificó el habla del criado Joseph, como ella misma admitía, sino que suavizó el tono de la novela para hacerla más agradable al paladar victoriano.

Para Charlotte, la obra de su hermana –y puede que su hermana misma– era desconcertante, por su violencia y brutalidad –no es que en Jane Eyre falten los momentos crueles; al menos en Cumbres borrascosas no hay esposas encerradas en áticos– pero también por esa extrañeza que le producía y que sigue produciendo hoy en día al lector contemporáneo una historia tan extrema firmada por una joven sin apenas conocimiento del mundo, como se suele decir. Una extrañeza similar a la suscitada por otra obra firmada por una joven huérfana de madre y que este año celebra también su bicentenario: el Frankenstein de Mary Shelley (otra semejanza: de Cumbres borrascosas sus contemporáneos pensaron que fue escrita por un hombre; algunos fueron más allá: Currer, Ellis y Acton Bell eran una sola persona).

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Páginas del cuaderno de Emily con poemas sobre Gondal.

En su prefacio, Charlotte se centró en las críticas negativas que había recibido Cumbres borrascosas (entre otras lindezas, fue calificada de “odiosa y abominablemente pagana” o “un libro repelente que había que quemar”) olvidando las positivas, que también las hubo. Charlotte hizo suyas algunas de esas opiniones y habló de la obra de su hermana como “ruda y extraña” o “un horror de gran oscuridad” y dio la razón a quienes consideraron “rústica” la novela, algo lógico según ella, dado que su autora era una criatura de los páramos. Incluso llegaba a decir que, aunque no sabía si era “correcto o recomendable crear a seres como Heathcliff”, el protagonista de Cumbres borrascosas, ella apenas lo creía así.

Además de sus opiniones sobre la novela, Charlotte incluyó un retrato de su hermana que, pese a que biógrafos posteriores lo matizarían o incluso refutarían, pasó a la Historia como la fiel descripción de Emily Brontë. Una mujer, según su hermana, “más fuerte que un hombre, más simple que un niño y de naturaleza inquebrantable”, de imaginación “sombría y poderosa”, que escribía al dictado de la Naturaleza (por muy violentos que fueran sus designios), que rehuía el contacto con otros seres humanos y que prefería la soledad y la reclusión. Este retrato se repetiría en cartas y diarios de Charlotte y también en la biografía que sobre ésta escribió su amiga Elizabeth Gaskell en 1857.

A. Mary F. Robinson firmó en 1883 la primera biografía de Emily, en la que abundaba en ese carácter salvaje y solitario de la autora y destacaba que un mismo paisaje (los páramos de Yorkshire) pudiera inspirar dos obras tan distintas como Jane Eyre y Cumbres borrascosas y cómo Charlotte veía la cara más luminosa de ese paisaje, que Emily recorría como una “viajera a través de las sombras”. En cuanto a cómo una joven como ella podría haber plasmado sobre el papel una historia como la de Cumbres borrascosas, surcada por una pasión tan descarnada (algunos de los rasgos de la novela estaban ya presentes en sus poemas, si bien no de una forma tan explícita), Robinson apunta un elemento que alumbraría posteriores lecturas de la novela: su hermano Branwell. Para Robinson, “los pecados de su amado y disoluto hermano” determinaron en buena medida “el giro de su genio”, y con ellos se explica que la “fantasía de sus poemas se convirtiese en la tragedia de Cumbres borrascosas”.

Lo cierto es que es complicado saber quién fue en realidad Emily Brontë. No dejó diarios ni apenas cartas, porque salvo alguna excepción no tuvo amigos fuera del círculo familiar con los que compartir correspondencia, y solamente se conserva de ella un retrato, pintado por Branwell (presente primero en el cuadro junto a sus hermanas pero borrado después), un retrato según Neil Gaiman “turbulento” que “parece sacado de una novela de misterio”:

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“A la izquierda de la pintura, Anne y Emily, con las mandíbulas apretadas y desafiantes; a la derecha, la tercera hermana, Charlotte, con una expresión más dulce, una medio sonrisa que se le dibuja en las comisuras de los labios. Tres mujeres del glorioso Romanticismo gótico, que hablaban en sus novelas de mujeres en desvanes y carreras a través de los páramos; tres mujeres que escribieron sobre personajes angustiados en paisajes igual de opresivos, en un retrato pintado por su misterioso y disoluto hermano, un personaje que, si nos fijamos, también aparecía en la pintura original, la presencia central alrededor de la cual se agrupan las tres mujeres, aunque su figura fue borrada y sustituida por una columna. A pesar de ello, una forma fantasmagórica se enfrenta al observador, como una imagen indeleble o un reflejo. La impericia del pintor contribuye a acentuar en cierta medida la intensidad de la pintura: no es un retrato profesional. Es una historia, petrificada y misteriosa, y estoy seguro de que la supresión de Branwell del retrato se produjo entre lágrimas e improperios (¿o fue otra persona la que pintó encima?, ¿es la columna una pista para resolver este misterio profundamente gótico?)”.

Neil Gaiman, “Una selva de espejos”, en ‘La vista desde las últimas filas’

Las únicas pistas que tenemos para descifrar el enigma de Emily Brontë son ese retrato y sus poemas, en especial ese que según Charlotte fue el último que escribió (algo rebatido por los estudiosos de la obra de la escritora) y que comienza con “no coward soul is mine” y habla de su “God within my breast”.

Y, claro, Cumbres borrascosas.

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Laurence Olivier y Merle Oberon en la adaptación de William Wyler (1939).

‘Cumbres borrascosas’

La única novela de Emily Brontë no es una obra fácil de catalogar. En ella conviven trazos de la mejor narrativa gótica –hay hasta un espectro y una pasión que continúa más allá de la tumba– con pinceladas plenamente románticas: la Naturaleza como una entidad viva, una fuerza poderosa frente a los corsés de la civilización, una sociedad siempre al margen en un relato cuyo centro es el individuo y la construcción de la propia identidad.

Sin entrar demasiado en detalles, la historia de Cumbres borrascosas es la de un amor frustrado y una venganza que se extiende durante décadas. Un terrateniente adopta a un niño con el que se encariña su hija mientras su hijo se dedica a maltratarlo. La amistad entre la niña y el huérfano se transforma con los años en algo más, pero ella decide casarse con otro. Y el joven despechado consagra el resto de sus días a vengarse de todos los que se han portado mal con él.

Aunque la relación de Catherine Earnshaw (luego Linton) y Heathcliff vertebra la novela, en realidad el protagonista casi absoluto es este último (no sólo por la prematura muerte de ella), un extraño que, como el Edmund de Rey Lear, traerá la ruina a dos familias (una teoría afirma que Heathcliff es hijo ilegítimo de Earnshaw y por tanto medio hermano de Catherine).

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Detalle de la portada de la edición de ‘Cumbres borrascosas’ ilustrada por Sara Morante.

Para narrar tan atormentado relato Emily Brontë no escoge a uno, sino a dos narradores. En primer lugar tenemos a un observador externo, que sirve de puerta de entrada al mundo de Cumbres borrascosas, tanto desde el punto de vista físico como textual: el (un tanto insoportable) señor Lockwood, arrendatario de la segunda propiedad de Heathcliff (la Granja de los Tordos, que pertenecía a los Linton) que, tras un desconcertante encuentro con su casero, escucha de labios de su ama de llaves Nelly Dean la historia de estas dos familias y cede entonces a ella el mando de la narración. Siendo ambos narradores intradiegéticos, profundizamos un nivel al pasar a la señora Dean, pero sólo uno. El ama de llaves es un personaje secundario que mediatiza nuestro acceso al verdadero centro de la historia, lo condiciona con sus opiniones y permite a la autora eludir alinearse con alguno de los protagonistas.

El señor Lockwood es un poco insoportable, sí, pero es difícil encontrar a alguien en Cumbres borrascosas con quien simpatizar (quizás esa segunda generación que aporta en las páginas finales algo de esperanza), y desde luego cuesta hacerlo con la pareja protagonista. Catherine es egoísta, caprichosa e irascible, aunque haya quien la considere el personaje más rico de la novela y destaque –Gilbert y Gubar en The Madwoman in the Attic– los ecos del Paraíso perdido de Milton en su monólogo cuando la acecha la locura y que algunas de sus frases hermanan Cumbres borrascosas con Frankenstein.

“If all else perished, and he remained, I should still continue to be; and if all else remained, and he were annihilated, the universe would turn to a mighty stranger: I should not seem a part of it. My love for Linton is like the foliage in the woods: time will change it, I’m well aware, as winter changes the trees. My love for Heathcliff resembles the eternal rocks beneath: a source of little visible delight, but necessary. Nelly, I am Heathcliff. He’s always, always in my mind: not as a pleasure, any more than I am always a pleasure to myself, but as my own being”.

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Estatua dedicada a las hermanas Brontë en Haworth.

En cuanto a Heathcliff… Bueno, a lo mejor tenía Charlotte algo de razón sobre él. Heathcliff es tan inclasificable como la novela que protagoniza y muchos han sido los que han intentado diseccionarlo y resolver la pregunta que tantas veces se ha hecho desde que se publicó la novela. ¿Dónde encontró Emily Brontë la inspiración? Las opiniones más populares entre los estudiosos de la obra incluyen al hermano de la autora Branwell, al arquetipo del héroe de Byron (“Childe Harold” y Manfred, sobre todo) y al Satán de Milton, entre otros ingredientes para explicar a este personaje descrito en no pocas ocasiones en la novela como un demonio y poco menos que la encarnación del mal. Tan extrema es en algunos pasajes su caracterización (sus acciones, sus palabras) que trasciende las fronteras de lo físico y se adentra en lo metafísico y hasta en lo sobrenatural, terreno en el que encaja el espectro que lo atormenta (que no se le aparece a él, sino a Lockwood), la exhumación del cuerpo de Catherine y el hallazgo de algo parecido a la paz cuando da por concluida/fracasada su venganza y acude a reencontrarse con su amada al otro lado de la muerte.

Por desgracia la complejidad de la novela ha quedado en muchas ocasiones reducida a una simple historia de amor, como así lo atestiguan muchas de sus adaptaciones a la pantalla, así como las numerosas obras literarias y audiovisuales que se han erigido en sus herederas pero que nada tienen que ver con la novela que Emily Brontë escribió. El mejor homenaje que se le puede hacer en su 200º cumpleaños es aproximarse a lo poco que nos dejó, su novela y sus poemas, e intentar, quizá, desvelar el enigma de esta autora única y extraña que quién sabe qué otras maravillas habría podido crear.

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