Reseña: ‘Las hijas del agua’, de Sandra Barneda

Por Susana C. Gómez

Las hijas del agua es la tercera entrega de la tetralogía de los elementos de Sandra Barneda, cuatro novelas en las que la también periodista y presentadora de televisión propone otras tantas historias protagonizadas por mujeres que tratan de sobrevivir, o simplemente salir adelante, en un mundo a menudo hostil, brutal y machista.

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Foto: Karsten Würth (@inf1783) (Unsplash)

Tras escoger para Reír al viento y La tierra de las mujeres una ambientación contemporánea, en Las hijas del agua la autora se traslada a la Venecia de finales del siglo XVIII, con la Serenísima tratando de mantenerse al margen de los vientos de modernidad que soplan desde otras latitudes y, sobre todo, del terremoto que para toda Europa supuso la Revolución Francesa.

Ese es el tablero sobre el que Barneda sitúa a sus personajes, un elenco que combina a figuras ficticias con otras reales, como Mary Wollstonecraft, la reina María Antonieta, María Josefa Pimentel y Téllez Girón, duquesa de Benavente, o las escritoras Olympe de Gouges, Elisabetta Caminer y Mary Astell, entre otras mujeres notables de la época, a las que Barneda sitúa como miembros de la Hermandad del Agua, una sociedad clandestina que lucha por los derechos de la mujer.

En el relato principal, plagado de intrigas palaciegas en lujosos salones profusamente descritos en los que se desarrollan fastuosas fiestas (y también orgías), se imbrican los relatos de un puñado de mujeres que, cada una a su modo y con los medios de que dispone, tratan de contribuir al progreso de las mujeres. Así, el narrador omnisciente que va desenredando (y enredando, porque hay más de un giro de guion) la trama nos presenta a un grupo de féminas que incluyen a una aristócrata, una cortesana (o fosca), una chica obligada a casarse con el repugnante y brutal sobrino del Dux, la priora de un convento o una joven que, como si se hubiera escapado de una comedia de Shakespeare (o de un cómic de superhéroes), tiene una identidad secreta como reportero que le permite salir del convento en el que voluntariamente se ha recluido como novicia para escapar de un matrimonio no deseado.

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El conflicto central de la historia arranca con la amenaza para la Hermandad del Agua que suponen las recientes muertes de algunas de sus integrantes (la propia María Antonieta o una docena de foscas que aparecen en las aguas de los canales venecianos) y la posibilidad de que una lista que contiene los nombres de todas las hermanas caiga en manos de Paolo Manin, el poderoso primo del Dogo de Venecia, un psicópata de libro que se aprovecha del pusilánime Ludovico, último gran Dux de la Serenísima, más preocupado por su propia supervivencia que por la de sus amigos, aliados o la propia República.

Además, claro, de los asesinatos, puede que el incidente o subtrama más sórdido de la novela sean las violaciones en los conventos, una especie de deporte para los aristócratas, cuya tradición estrella es pasar la despedida de soltero desvirgando novicias. Con la connivencia y hasta el aplauso de la cúpula eclesiástica. Pese a tanto animal, no todos los hombres que aparecen en las páginas de Las hijas del agua son unos individuos deleznables; aunque escasos (es uno de los problemas de la novela, el maniqueísmo), estas excepciones son vitales tanto para las protagonistas como para la propia Hermandad del Agua.

Junto al maniqueísmo y el excesivo detalle que sobre cada personaje se nos proporciona en cuanto aparece en escena (tal vez sería mejor ir conociéndolos poco a poco), otra pega son los subrayados y las reiteraciones, sobre todo al hablar de la situación de la mujer en la época, la relevancia de las obras de Wollstonecraft o De Gouges o al insistir en tal o cual rasgo de ciertos personajes que ya conoce sobradamente el lector.

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