Los mundos de Stephen King

[También en Libros de Babel: ‘Fin de guardia’ de Stephen King: el tercer acto de la historia de Bill Hodges]

Cualquier repaso por la obra de Stephen King sería incompleto (ha publicado más de medio centenar de novelas, a las que se añaden las colecciones de relatos y novellas, las obras de no ficción y los cuentos no incluidos en recopilaciones) y cualquier lista con lo mejor del autor sería necesariamente parcial (y sin duda injusta).

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El ‘curioso’ cameo del escritor en la serie ‘Mr. Mercedes’.

También sería algo tedioso ofrecer una reseña biográfica de alguien cuyos avatares vitales son tan conocidos, como sus difíciles comienzos (compaginaba su trabajo como profesor con la escritura de relatos que iba publicando aquí y allá hasta que Carrie –cuyas primeras páginas rescató su mujer Tabitha de la basura– le permitió convertirse en escritor a tiempo completo), sus años de alcoholismo y adicción a la cocaína, sus seudónimos Richard Bachman y John Swithen, el accidente que casi le costó la vida en 1999 (y que después, por el tremendo dolor que sufría y la consiguiente adicción a los calmantes, casi le cuesta también su carrera) y polémicas como la desatada cuando recibió el National Book Award, cuando confesó no haber leído nada de Jane Austen o su casi ancestral enemistad con James Patterson, al que critica cada vez que puede.

Stephen King, uno de los escritores más queridos, leídos y prolíficos de las últimas décadas del siglo XX y también de las primeras del XXI, celebró hace unos días su 70º cumpleaños dejando claro que no tiene intención de perderse ninguna cita con sus lectores, a los que ofrece cada año al menos un nuevo trabajo (un año llegó a publicar cuatro) y con frecuencia de considerable longitud. De hecho, esta semana llega a las librerías españolas Fin de guardia, el cierre de la trilogía de Bill Hodges (protagonista de Mr. Mercedes y Quien pierde paga), mientras en el mercado anglosajón acaba de editarse Sleeping Beauties, escrito en colaboración con su hijo Owen King (otro de sus hijos, Joe Hill, también es escritor, al igual que su esposa Tabitha).

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Aunque en esta entrevista con Rolling Stone de hace unos años admitía que hay mucho de adicción y de comportamiento obsesivo-compulsivo en su actividad literaria, también explicaba que para él escribir es una forma de exorcizar demonios (que en sus escasos periodos de descanso le acechan mientras duerme en forma de pesadillas porque no tienen otro sitio a donde ir) y, sobre todo, que es una actividad que le hace feliz y hace feliz a los demás.

Y si tiene aún historias por contar, ¿por qué va a dejar de hacerlo? Es lo que defendía en un artículo publicado en el New York Times (¿Puede un escritor ser demasiado prolífico?) en el que hablaba de otra escritora muy productiva, su amiga Joyce Carol Oates (que le ha presentado, en dos ocasiones, en sendas conferencias en Princeton y que se ha lamentado con frecuencia de que no se considere serios a los autores que publican demasiado), y de otros autores que admira, como Donna Tartt o Jonathan Franzen, que precisan de años o décadas para culminar cada trabajo. 

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Críticos, académicos y comparaciones aparte, lo que está claro es que Stephen King es mucho más que un escritor de terror y que su obra tiene más riqueza y matices de lo que se le acredita y de lo que pueda pensar quien sólo conozca el trabajo del autor de Maine por las traslaciones al cine o la televisión que de él se han filmado. Salvo notables excepciones, dichas adaptaciones prescinden de los mundos que construye King para situar sus historias (como los ficticios y extraordinariamente reales Derry o Castle Rock) o las múltiples dimensiones de sus personajes (todos ellos, y son muchos en cada novela, con una personalidad perfectamente desarrollada y en la que juega un papel central, al estilo dickensiano, su forma de hablar) para quedarse en la superficie, la anécdota, el monstruo, el sobresalto y una versión ultrasimplificada de sus tramas. Cuando lo que importa en las novelas de King no es lo que pasa, nunca lo ha sido, sino a quién le pasa y cómo le afecta y lo afronta.

Las historias de Stephen King maduran a fuego lento (aunque no hemos leído toda su bibliografía no hemos encontrado relleno en lo que hemos leído hasta ahora; la extensión de sus novelas suele estar justificada) y en pocas ocasiones ese ritmo y la densidad dramática de sus mundos y sus personajes han encontrado un justo reflejo en la pantalla (ni siquiera en una serie, a priori un formato más apropiado, como ocurrió con la adaptación de 22/11/63).

Como decíamos más arriba, también esta regla tiene sus excepciones, y curiosamente las (a nuestro juicio) mejores versiones audiovisuales de las obras de King suelen ser las de textos de no terror (en Vulture proponen una lista, con la que no estamos demasiado de acuerdo y que encabeza El resplandor de Kubrick, que, sin entrar en sus méritos fílmicos, no tiene demasiado que ver con la novela en la que se basa), como Misery, Eclipse total (Dolores Claiborne), La milla verde, Cuenta conmigo (Stand by me, basada en el relato El cuerpo, incluido en el volumen Las cuatro estaciones) y, sobre todo, Cadena perpetua (Rita Hayworth y la redención de Shawshank, también en Las cuatro estaciones), una de esas pocas películas que siempre volvemos a ver cuando pillamos un pase en televisión.

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Precisamente Cadena perpetua sirvió al gran público (y a más de un crítico) para descubrir que Stephen King no escribía sólo terror. Aunque sin duda el horror está presente en buena parte de su obra, al igual que el elemento onírico-fantástico (esos monstruos que aguardan en las sombras y que apenas atisbamos por el rabillo del ojo), en la larga trayectoria del escritor hay piezas representantes de una miríada de géneros, incluida la no ficción, como los muy recomendables Mientras escribo (un volumen autobiográfico) o Danza macabra (un ensayo sobre la ficción de terror en las distintas disciplinas narrativas, tanto escritas como audiovisuales).

Y, a su edad y tras casi medio siglo publicando, aún se atreve a probar cosas nuevas. Como Mr. Mercedes, una novela policiaca canónica (del subgénero hardboiled) que, esta vez sí, está teniendo una más que interesante adaptación en forma de serie de televisión.

Su afán por adentrarse en terrenos ignotos no se limita a lo que escribe, sino también a cómo lo publica. En 2000, mucho antes de que nadie supiera qué era un Kindle o un iPad, King lanzó online la novella Montando la bala (Riding the bullet). Poco después, también a través de internet, publicó seis entregas mensuales de la novela The Plant (unos años antes había publicado también por entregas, en esa ocasión como seis libros de bolsillo mensuales, La milla verde) y más tarde, en 2009 y 2011, respectivamente, Ur y Área 81 (ambas recopiladas en el volumen El bazar de los malos sueños).

Junto al estilo propiamente dicho, muchos escritores suelen tener un catálogo de elementos, temas o motivos que actúan como marcas distintivas en su obra. A los ya mencionados escenarios habituales (Derry, Castle Rock o Maine, en general) se añaden en la trayectoria de Stephen King un puñado de ingredientes reconocibles que encontramos en varios de sus trabajos. Entre ellos están los perros, con –mucha– frecuencia malvados, los escritores que sufren algún tipo de bloqueo u otras dificultades creativas –¿entraría aquí el Paul Sheldon de Misery?–, niños/adolescentes con problemas de adaptación y, sobre todo, pandillas de niños que deben afrontar juntos un acontecimiento –hallazgos macabros como en El cuerpo, monstruos como en It– que marcará sus vidas.

¿Os suena haber visto hace poco una serie con un grupo de niños a los que les suceden acontecimientos inexplicables y que deben luchar contra los monstruos que acechan en una dimensión separada de la nuestra sólo por un tenue y frágil velo? Exacto: Stranger things. No, Stephen King no tiene nada que ver con la serie de Netflix (aunque es un declarado fan), pero sin él probablemente nunca habría existido.

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Tras décadas de adaptaciones escasas y decepcionantes, parece que en los últimos años las versiones audiovisuales de las obras de Stephen King están viviendo una suerte de resurgimiento, una moda quizás animada por el remake de Carrie de 2013, la serie La cúpula o la ya mencionada 22/11/63, protagonizada por James Franco.

Eso podría explicar las adaptaciones de los últimos años. Si hablamos sólo de este año, la clave es más simple: It. La película de la voluminosa (más de mil páginas) novela del payaso demoníaco dirigida por el argentino Andy Muschietti (el director original, Cary FukunagaTrue Detective–, que trabajó durante años en el guión, abandonó el proyecto poco antes de comenzar el rodaje por desacuerdos con la productora) ha batido récords por todo el mundo y poco después de su estreno se convirtió en la cinta de terror más taquillera de todos los tiempos. El éxito de la película (que se centra en la primera parte del libro; la segunda se desarrollará en otro filme que llegará en 2019) ha disparado, además, las ventas de la novela en la que se basa.

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Aparte de It y Mr. Mercedes (aún en emisión en EEUU), este año se ha estrenado una serie basada en La niebla (que ya tuvo versión cinematográfica en 2007) y hay anunciada para 2018 una titulada Castle Rock que parte de relatos de King y está producida por J. J. Abrams. Y en cuanto a largometrajes, en 2017 ha llegado a los cines una (muy denostada) versión de La torre oscura y Netflix ha producido la (muy interesante) adaptación de El juego de Gerald, estrenada en septiembre en la plataforma, y 1922, que veremos a finales de octubre. 

Stephen King es mucho más que un escritor de terror, pero la inquietud,
el miedo y el horror están presentes en buena parte de sus obras. A
veces como entidades externas, maléficas e incluso sobrenaturales, pero
en muchas más ocasiones como pulsiones internas de sus propios
personajes. King siempre ha sostenido que el mal, el verdadero mal, yace dentro de nosotros,
en el corazón de cada persona. Pero también ahí reside la clave para
vencerlo, y es eso también un elemento clave de los relatos del autor de
Maine: la esperanza. De que podremos superarlo, de que lo derrotaremos, de que al final nos espera siempre Zihuatanejo.

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