Lecturas para Halloween… y para Todos los Santos

La noche que separa octubre de noviembre es una noche mágica. Los que saben de estas cosas aseguran que durante unas horas se atenúan las fronteras que nos separan del mundo en el que nos esperan los que nos faltan… y también donde aguardan esos a los que no echamos de menos.

Para honrar y recordar a los primeros (no es que necesitemos razones ni para lo uno ni para lo otro, ¿verdad?), con las primeras luces de noviembre los cementerios se llenan de personas con flores (y útiles de limpieza, incluidas escaleras) en busca del lugar donde reposan los restos de sus seres queridos.

Para ahuyentar a los segundos, y a la muerte en general, en muchos lugares del mundo se llevan a cabo rituales de raíces muy anteriores a la era cristiana, como el Día de Muertos mexicano (de origen mesoamericano) o el Samhain celta, del que primero se apropiaron los romanos y después la Iglesia y que, en el salto al Nuevo Mundo, acabó convirtiéndose en Halloween (forma contraída de All Hallows’ Eve, la víspera de todos los santos), que unos años después ha vuelto a Europa con los disfraces, las calabazas y los trucos y tratos…

La idea original de todas estas liturgias era, como decíamos más arriba, alejar a los espíritus malignos asustándolos con máscaras y atuendos terroríficos, pero casi todo eso se ha perdido. En otro ejemplo más del afecto contemporáneo por el simplismo y la banalización, hemos acabado con la magia de la noche que separa octubre de noviembre, que ahora es otra noche más para salir de juerga, aunque para esta fiesta el código de etiqueta exija disfraz.

Aunque, desde cierto punto de vista, se puede argumentar que la fiesta y la alegría es también un ritual con el que celebrar la vida y espantar a la muerte, ¿no? El que no se consuela…

Pero aquí no estamos para análisis sociológicos de saldo o repasos por la historia de las fiestas religiosas, sino para hablar de libros. Y si cualquier excusa es buena para irse de fiesta, también lo es para arrebujarse en el sofá con un buen libro (si nos leéis desde un lugar en el que ya haga fresquito, coged una manta), así que aquí van unas cuantas recomendaciones de historias con espíritus, vampiros, zombis, monstruos y los más terroríficos de todos: los seres humanos. 

(Si os interesa adquirir alguno de los títulos de los que hablaremos a continuación, aquí tenéis una lista con todos ellos) 

Los clásicos

Aunque siempre hay lugar para la sorpresa, lo cierto es que en literatura casi todo está inventado. Podríamos remontarnos muy atrás en el tiempo para buscar relatos con elementos sobrenaturales (el fantasma del padre de Hamlet, sin ir más lejos), pero no iremos más allá del siglo XIX, cuando se sentaron las bases de la narrativa tal y como hoy la conocemos.  

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El siglo XIX, por ejemplo, asistió a la publicación en diversos diarios madrileños de las Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer, un conjunto de relatos románticos (en el sentido artístico del término) que incorporan horror y elementos sobrenaturales y que serían recopiladas en un solo volumen, junto a las Rimas, al año siguiente de la muerte del autor sevillano. Justo en Sevilla se desarrolla la acción de otra obra clásica, Don Juan Tenorio, escrita también en el XIX por José Zorrilla (que recuperaba el mito de Don Juan que ya abordó dos siglos antes Tirso de Molina) y que solía representarse por estas fechas en los teatros españoles.

Sin cambiar de época pero pasando al mundo anglosajón, en el XIX vieron la luz las obras maestras de Mary Shelley y Bram Stoker (si bien ella lo hizo al principio de la centuria y él casi en los albores del XX), Frankenstein o el moderno Prometeo y Drácula, respectivamente. Dos historias con muchas semejanzas estilísticas (ambas son novelas epistolares) cuyo legado han maltratado sin piedad las infinitas versiones, adaptaciones a la pantalla y reescrituras. Por suerte ahí siguen los originales, y esta noche es tan buena como cualquier otra para leerlos.

Las novelas y relatos góticos fueron muy populares entre los lectores decimonónicos y también entre sus abuelos, que a buen seguro se deleitaron con las rocambolescas historias de la pionera del género, Ann Radcliffe, que inspiró a Jane Austen para escribir La abadía de Northanger, no precisamente un homenaje sino una parodia. (Y si hablamos de parodias, no podemos olvidar El fantasma de los Canterville de Oscar Wilde, que nada tiene que ver con el terror, a pesar de llevar un fantasma en el título.)

Pero en el XIX y las primeras décadas del XX el vehículo de transmisión perfecto para el terror fue el relato (o la novela corta, como el Jekyll y Hyde de Robert Louis Stevenson), y en ese campo el gran maestro es, sin duda, Edgar Allan Poe, que dejó cientos de historias (una de sus especialidades eran los enterrados vivos) que suelen aparecer en cualquier antología seria que se precie, aunque lo mejor es hacerse con una buena edición de sus Cuentos y devorarlos uno a uno.

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Los cuentos también fueron la forma narrativa preferida por H. P. Lovecraft, que a diferencia de Poe cultivó lo que se ha dado en llamar “horror cósmico”. Los monstruos de Lovecraft no son espectros que vuelven de la tumba para ajustar cuentas con quienes los metieron en ella antes de tiempo. No. Los monstruos de Lovecraft son monstruos de verdad que rinden pleitesía a Cthulu (al que podéis encontrar también en multitud de antologías y volúmenes recopilatorios de obras del autor estadounidense).

Ambrose Bierce, Arthur Machen y Guy de Maupassant (El Horla), entre otros muchos, son autores recurrentes en colecciones de relatos como las que edita Valdemar, así como uno a quien quizás no esperemos ver ahí: Charles Dickens. Dejando al margen Cuento de Navidad, Dickens ha pasado a la historia como un escritor eminentemente realista. Pero eso es porque los críticos y los historiadores suelen centrarse en las novelas y olvidarse de los cuentos. Y Dickens fue un gran escritor de cuentos de terror. ¿La prueba? El guardavías.

Antes de pasar a títulos más contemporáneos, un par de recomendaciones más: La leyenda de Sleepy Hollow de Washington Irving, los Siete cuentos góticos de Karen Blixen (sí, la de Memorias de África) y la fascinante Otra vuelta de tuerca de Henry James.

Terrores del siglo XX (y el XXI)

Si habéis llegado hasta aquí seguramente esperéis encontrar algo que no aparezca en vuestros manuales de literatura (leer es un placer, pero no cuando tienes que hacerlo por obligación, ¿verdad?), así que aparcaremos los clásicos canónicos (nos hemos dejado antes atrás a Franz Kafka, y El proceso da más miedo que muchas historias de vampiros), aunque no los clásicos populares.

Obviamente, al hablar de terror en uno u otro momento tiene que aparecer Stephen King, del que ya publicamos un extenso reportaje hace unas semanas. Casi cualquiera de sus obras produce miedo, inquietud o algo que podríamos llamar malestar, aunque con monumentos del horror como El resplandor o It es más que suficiente para pasar un mal rato en Halloween o cualquier noche del año. Además de decenas de novelas, King ha firmado algunos volúmenes de no ficción, como Danza macabra, en el que habla de terror y de literatura y obras audiovisuales del género.

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Precisamente en ese último libro el escritor de Maine habla de nuestra siguiente autora recomendada, Shirley Jackson, admirada por King, Richard Matheson o Neil Gaiman y que durante su corta trayectoria (falleció con 48 años) fue capaz de aprovechar sus cuantiosas fobias y obsesiones para componer novelas y relatos que combinan el terror directo (La maldición de Hill House, mucho más tenebrosa que cualquiera de las adaptaciones que se han hecho de ella) con una tensión que más que asustar al lector lo incomoda (el desasosiego es tal vez la mejor forma de describir el regusto que dejan novelas como Siempre hemos vivido en el castillo o relatos como La lotería).

Ya que hablamos de Matheson, también podemos añadir a la lista un par de obras suyas. Porque por mucho que se le suela clasificar como un autor de ciencia ficción o de literatura fantástica, El hombre menguante da bastante miedo, al igual que Soy leyenda, en la que encima hay vampiros. Y si queremos zombis (además de los muertos de Poe que vuelven de sus tumbas), podemos añadir a la mezcla algo mucho más reciente como la Guerra mundial Z de Max Brooks.

Volviendo a los espíritus y a los camposantos, El libro del cementerio de Neil Gaiman es una delicia, aunque no sea una obra de terror propiamente dicho. El horror sobrevuela buena parte de la trayectoria de este autor, desde los relatos compilados en diversos volúmenes (Humo y espejos, Objetos frágiles, El cementerio sin lápidas y otras historias negras o Material sensible) a novelas como El océano al final del camino, Coraline o su mejor obra hasta el momento: American Gods.

No nos gusta recomendar obras que no hemos leído, pero como ésta la tenemos en la mesilla de noche a la espera de comenzarla, haremos una excepción con La casa de hojas de Mark Z. Danielewski, un libro del que amigos y conocidos nos han contado maravillas y que contiene la dosis de terror suficiente como para que aparezca en este texto. Eso sí, es un volumen un tanto especial, con relatos dentro de relatos, muchas notas al pie, distintos tipos de letra… y distintas orientaciones del texto que obligan al lector a darle una y mil vueltas al libro, así que no estamos seguros de si su lectura será o no compatible con el arrebujamiento-bajo-manta. Habrá que probar. O dejarlo para el próximo verano, ya veremos. Si será por libros…

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